Felicitas Valenzuela: her readings of Arendt in Hannah Arendt: Thinking and Action. The Banality of Evil (2018)
Rodrigo Pulgar**
¿Por qué la experiencia se considera la base desde la cual pensar la realidad a fin de no caer en la injusticia estructural? Es una pregunta abierta que el texto de Felicitas responde en parte, ya que no concluye en una respuesta, cuestión legítima, pues no hay interés en dar una respuesta final, eso acabaría con cerrar la experiencia. Se trata, pues, de ir en busca de la posibilidad de comprender desde el pensar a fin de establecerse en la verdad de la existencia, pues se-es-para-la-vida, postulado contrario al heideggeriano de se-es-para-para-la muerte.
Palabras clave: experiencia, banalidad del mal, totalitarismo, pensar, hermenéutica.
Why is experience considered the foundational ground from which to conceptualize reality, so as to avoid falling into structural injustice? This is an open question to which Felicitas’s text partially responds, without arriving at a definitive conclusion—a legitimate approach, as there is no intent to provide a final answer, which would entail closing off the very nature of experience. Rather, the aim is to pursue the possibility of comprehension through thinking in order to dwell in the truth of existence, grounded in the premise of being-for-life—a postulate antithetical to the Heideggerian notion of being-toward-death.
Keywords: experience, banality of evil, totalitarianism, thinking, hermeneutics.
Hay autoras que resultan imprescindibles para entender tiempos complejos por su capacidad de develar situaciones permitiendo, al ritmo de una filosofía comprometida crítica, aclarar sentidos causales y comprender efectos. Así sucede que con ciertas filósofas se da un paso en el esfuerzo de poder llegar a comprender pasado y presente. Hay conciencia de que tener total aprehensión inteligible de los modos que caracterizan la historia resulta difícil; dificultad que se explica por la serie de variables que intervienen en la construcción de la realidad social, pero, al menos logramos aproximarnos a saber en parte su dinámica, entendiendo que una de las claves que lo permiten es aceptar que la dinámica responde a construcciones más subjetivas y no tanto objetivas, cuestión que se explica porque el significado de cada hecho histórico es –se quiera o no– responsabilidad subjetiva, pues somos lo que somos por reabsorción concreta de las circunstancias (Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote (1958)), y esto es un hecho claramente observable en Arendt, autora con la cual conversa Felicitas Valenzuela tomándose de los escritos de la filósofa judía-alemana. Curioso asunto esto del diálogo filosófico. Mas diálogo plausible en la medida que, en ambas pensadoras, la historia de las circunstancias no es reabsorción pasiva sino activa, ya que perciben sus causas y efectos (los viven), y por ser asuntos de carácter vital-político, las lleva a intentar comprender los fenómenos en su sentido esencial y hacerlo desde una perspectiva filosófica, pero no una cualquiera, sino desde una mirada en donde lo femenino es nodal, sin que ello signifique necesariamente hacer visible de manera explícita el reclamo de lo femenino. Mas, es evidente su presencia. Y de esto, a veces de manera directa, en otras de manera más oblicua, Felicitas Valenzuela, enseña como una presencia en Arendt. Este punto de aproximación no extraña al conocer del sentido vital con el cual Felicitas Valenzuela ha leído e interpretado la realidad (fue una avanzada en temas de género). De suyo, esa perspectiva, intuyo, está en ese modo de rescatar un aspecto profético en la obra de Arendt; profético al momento que permite descubrir los alcances de los hechos vividos en primera persona.
Si bien se reconoce el imposible de llegar a tener una plena inteligencia del sentido de la historia, si se tienen pistas para aproximar-
se a una lectura de su sentido (Karl Löwith es un ejemplo de ello en El sentido de la historia (1958)). Y en este buscar entenderla, aparece el aporte de algunas filósofas desde el momento que sus pensamientos están empapados de vivencias que se traducen en una narrativa constructiva-crítica escrita en primera persona. Y en este universo del pensamiento filosófico Arendt es una referencia imprescindible tal como lo vemos en las lecturas de la profesora Felicitas Valenzuela. La razón de afirmarlo es por proponernos una interpretación de la obra de Arendt, como escritos nacidos de realidades políticas complejas para la supervivencia por razones de beligerancia como son los años de la segunda guerra mundial y los que siguen. Lo valioso de la lectura del texto de Felicitas Valenzuela, es que ésta refiere como subtexto a una escenografía de contexto espacio temporal chileno que vivió un golpe a las formas democráticas de convivencia entre los años 1973 y 1989. Pensado el subtexto y reconocido en ella, entonces no es atrevido pensar que sus lecturas están de un modo u otro condicionados por su propia vivencia. Estimo que son lecturas inseparables de sus opciones, y entre estas: feminismo y política. De esta forma lo que interpreta Felicitas Valenzuela de la obra de Arendt, transparenta una comprensión mediada por su propia experiencia de filósofa chilena que tiene un pensamiento propio, pero lo cual no la lleva a perder objetividad, ya que no aplica el sesgo, sino la amplitud de criterio filosófico; criterio que ayuda a lograr cercanía a algunos núcleos del pensamiento de Arendt; especialmente, en la perspectiva crítica de los hechos histórico políticos vividos por Arendt con todo el drama vital-político asociada al ser judía en tiempos del nazismo. Pero sucede que la profesora Felicitas Valenzuela en perspectiva del tiempo, también es testigo de un tiempo y de un lugar lleno de incertidumbres. La lectura interpretativa de Felicitas Valenzuela a Arendt nos acerca a la temática política que se describe filosóficamente y de manera cruda. En Arendt, siguiendo la perspectiva de Felicitas Valenzuela, se revela que somos parte de un mundo complejo en donde la circulación de la información pone en jaque las certezas; cuestión que obliga, nos diría hoy Arendt, a pensar la realidad no como un mero ejercicio contemplativo, sino como un modo de acción que lleva del conocimiento de la verdad a la comprensión de ésta a fin de evitar la tentación de los totalitarismos Todo lo que aquí está planteado, se encuentre muy bien desarrollado, ciertamente con otros términos, junto a otros temas interconectados en el libro de la profesora Felicitas Valenzuela Hannah Arendt: el pensar y la acción. La banalidad del mal (2018)
La autora del libro en el capítulo “Mirar su obra” escribe sobre Arendt: “Como no podemos separar su obra de su vida para acercarnos a su persona, la evocamos siguiendo las palabras de su compañero de estudios y amigo de toda la vida: Hans Jonas, que expone en el momento de su despedida final lo siguiente; Poseía una enorme intensidad, una resolución interior, una intuición por la calidad, se sentía decidida a ser ella misma, como un instinto por lo esencial, un deseo de profundidad en las cosas, lo que producía un gran encantamiento, y, una fuerte tenacidad para ser ella misma, a pesar de su gran vulnerabilidad” (Valenzuela, 2018, p. 163). Asunto que logro comprender sólo en cuanto la vulnerabilidad es paradójica, pues en ella, Jonas, trasunta en sí el develamiento de fuerza y sabiduría moral de la filósofa, pues si hay alguien del territorio de la filosofía contemporánea con fortaleza moral es Arendt. Me atrevo a decir: herencia de su tesis doctoral guiada por Karl Jaspers que, y a diferencia de muchos de sus contemporáneos, fue capaz de enfrentar a Heidegger haciendo notar su inconsistencia moral por su apoyo irrestricto al nazismo (Karl Jaspers, El problema de la culpa (1998). Realizar en parte el comentario al libro de la Profesora Felicitas Valenzuela desde las palabras de Jonas, es a razón de entender que el libro califica de obra bio-bibliográfica. Su lectura así lo prueba, y con la extraña paradoja de ser un escrito que entusiasma a pesar de que expone las causas del mal desnudando sus razones. Pero, además, la explicación es personal, y de aquello me hago cargo: en principio observé el texto como un relato descriptivo de los ejes principales del pensamiento de Arendt, entre estos: a) el significado del pensar y su valor, b) el significado de comprender y su valor, c) el significado de la acción y su expresión política, d) el tema del mal pero sobre todo en su forma de banalidad, e) la responsabilidad o irresponsabilidad de quien o quienes no reflexionan del modo pedido para la construcción de la comunidad humana y, f ) la presentación en forma de descripción de algunas causas del totalitarismo nazi y sus efectos en la comunidad política por la contaminación ambiental a causa del imperio del terror y la manipulación de la esfera de lo público. He ahí sucintamente el panorama del texto. No obstante, en una segunda lectura descubrimos la invitación a interiorizarse de las circunstancias socio-políticas que llevan a Hannah Arendt, por una conciencia de responsabilidad ética, al desarrollo y explicación de una filosofía del compromiso, por tanto, no lejana de la experiencia política de lo cotidiano para, precisamente desde ahí, realizar una aguda crítica sobre el hacer político cuando, por carencia de un pensar desde la experiencia se trivializa la existencia misma con los
efectos de la aniquilación del prójimo, es decir, del otro que no comparte no sólo la perspectiva ideológica, sino que se ejecuta su sentencia al tener como punto de lectura y discriminación el color, raza, religión, origen social o los bienes que posee. Lo indicado, es una manifestación sobre lo que Arendt entiende, al igual que Jaspers y otros, sobre el deber del intelectual, en este caso, del intelectual filósofo ante la historia. El texto de la profesora Felicitas Valenzuela tiene algo singular: los capítulos no tienen numeración. Este hecho, quizá, (acepto la osadía de plantearlo) responde a la negación por la identidad numérica que fue y es característico de los totalitarismos, en particular del nacionalsocialismo. Es una hipótesis lo dicho aquí, pero percibo se asocia a la propia vida de la autora: Felicitas Valenzuela también siente negación por los regímenes políticos que tienden a clausurar la libertad humana, por ver un peligro en que la libertad afecte la estabilidad del sistema. Signo por cierto de debilidad de quien dice tener el domino; dominio y control del otro u otra por temor al pensar del hombre. Desde la introducción con la cual inaugura su libro, continuando por el capítulo El salón berlinés, y siguiendo con los otros capítulos que son: Acercamiento y mirada inicial, La vida como pensamiento, La responsabilidad moral, la Banalidad del mal que se recoge en el título, El totalitarismo nazi, Vita activa, La política, Mirar su obra, Trazos, se activa la convocatoria a realizar un recorrido por el análisis de una obra teórica construida a contrapelo y como una acusación y desafío al hacer filosófico que desatiende o simplemente no atendió la reflexión por lo cotidiano y, por qué no, termina por ser cómplice (directa o indirecta) de una política de exterminio llevada a la práctica por el régimen nazi. La característica de este segundo libro de Felicitas sobre Hannah Arendt, a mi parecer, es ser un texto que se despliega como obra al momento que se construye al modo bio-bibliográfico. Esto significa que se trata de una obra que se elabora siguiendo la ruta vital de una vida de mujer judía alemana que, en sus escritos, tiene la valentía de describir los males de un orden político como es el totalitarismo nazi. De paso Arendt, por medio de Felicitas Valenzuela o viceversa, nos advierte de la latencia de un totalitarismo que acecha en un punto del camino histórico, y que bajo ciertas circunstancias perfectamente puede posicionarse como respuesta de acción a demandas populares o, simplemente, como efecto de la manipulación de las consciencias por alguien que efectivamente se lo proponga como objetivo de dominio, y cuente con los recursos propagandísticos adecuados a ese plan político, pero al mismo tiempo, cuente dentro de sus recursos, con la complicidad de un sujeto y
pueblo que acepta el relato escuchado como al menos verosímil, identificando en lo verosímil la verdad.
Es innegable la colaboración de los colectivos organizados cuando se trata de conseguir que un modelo ideológico se instale como propuesta de orden político y social. Pero la misma colaboración explota en la conciencia personal al momento que afloran los males. Ahí la culpa nace; culpa que se descubre en ese tiempo en donde por circunstancias -también políticas- se produce la caída de las formas totalitarias asociadas inevitablemente a formas opresivas. Ocurrido el develamiento que corresponde a un despertar como si de un oscuro sueño se tratase, la conciencia de culpa traslada al pasado, logrando que se posicione a la persona en aquel momento donde hubo negación a pensar la realidad. La causa del pecado de omisión es la incomodidad que lleva consigo la reflexión, todo a cuenta que la reflexión como acto del propio pensar obliga a tomar partido. Así, el rechazo práctico de la autonomía que significa el hecho de negarse pensar, lleva en su núcleo de negación de sentido, la imposibilidad del juzgar lo que políticamente parece a todas luces perverso. Perversidad que dentro de sus resultados o al interior del proceso de consolidación del totalitarismo, termina por convertir al enemigo en paria tal como acusa Arendt al descubrirse por identidad con otros y otras que sufren la misma situación de aplastamiento de sus derechos civiles, políticos, culturales, sociales y religiosos sólo por el hecho de pertenecer a un pueblo o simplemente por sostener ideas contrarias a las canónicas en un régimen político o, en otros casos, por solidarizar con otros que sufren persecución. Las pruebas que acusan la perversidad del totalitarismo que el texto aporta son no sólo abundantes, sino específicas. Umberto Eco escribe en La obra abierta lo siguiente: “un objeto producido por un autor que organiza una trama de efectos comunicativos de modo que cada posible usuario pueda comprender la obra misma, la forma originaria imaginada por el autor” (1992, pág. 74), esto que dice Eco se da a través del juego de respuestas a la configuración de efectos sentida como estímulo por la sensibilidad y la inteligencia. En base a lo que Umberto Eco escribe, preguntamos si Felicitas Valenzuela, por medio de la reflexión sobre algunos ejes hermenéuticos que realiza Arendt ¿no pretende despertar en los lectores lo que describe Eco? La interrogante es, específicamente, respecto de un fenómeno que se puede per-
fectamente dar si obviamos la propuesta de Arendt sobre las claves del pensar y la acción. Por cierto, y como un elemento que afirmaría la respuesta, en las páginas del libro de Felicitas Valenzuela hay inquietud por mostrar los peligros concretos de la mala política, pero también evidenciar –siguiendo los textos de Arendt- las pistas de la buena política y, por lo tanto, las condiciones que hacen posible la una y la otra, así como los grados de responsabilidad personal y colectiva de los hombre en la instalación de una de las dos formas del hacer político y, además, cuánta culpa es identificable por los efectos de seguir la mala política, vale decir: en la consolidación de una trama de injusticia. Desde esta perspectiva hermenéutica, que es una más dentro de otras posibles interpretaciones al libro de la profesora, no es una aventura proponer que el texto sobre Arendt des-oculta una identidad teórica y axiológica; identidad ya acusada en el primer libro sobre la filósofa alemana-judía Hannah Arendt amor-mundi; narrar-comprender-juzgar (2012). Pensamos que esta identidad se impone al objetivo propuesto para este segundo texto; objetivo que consiste en entregar luces sobre un pensamiento asistemático, de uno que no le resta al calificativo de filósofa, de una valiente filósofa que se enfrenta a su tiempo advirtiendo sus males, sus rostros, la de las víctimas y la de los victimarios. Así se entiende la razón que explica el traer al texto el análisis y ejercicio de comprensión de Arendt sobre el criminal nazi Adolf Eichmann (tema desarrollado en el capítulo La banalidad del mal. El mal puede destruir el mundo). Eichmann aparece descrito como un ser carente de toda moral, y lo es por carecer de toda reflexión, por lo tanto, de la anulación de su autonomía y, al mismo tiempo, argumentar en la obediencia debida para descansar en la complacencia del deber cumplido sin culpa alguna. Para Arendt, Adolf Eichmann es un hombre normal que se vuelve actor principal por sus actos, los cuales, por la inexistencia de todo remordimiento, son síntoma o ejemplos, nos recuerda Felicitas, de la banalidad del mal; no el mal a secas, sino de algo peor: un acto ejecutado sin piedad, un acto en donde la víctima no es observable como ser humano, sino como un no-otro, un nadie. Escribe Felicitas Valenzuela: “Hannah Arendt desarrolla su relato sobre el caso Eichmann, como una confirmación de la conducta de muchas personas que, -en el totalitarismo nacionalsocialista debo recordar-, demuestran una irreflexibilidad en su actuar, al no pensar”. (2018, pág. 71) Las conclusiones del acto de no pensar son claramente evidentes, ya que sin pensar la trivialidad se apropia de lo cotidiano, y desde la tri-
vialidad se construye no solo la posibilidad de la banalidad del mal, sino su plena realización en el totalitarismo. Habría que sumarle el hecho que este ser de la trivialidad lo es porque, en el fondo, como hombre está sobre ideologizado, por tanto, ciego a la pluralidad como forma legitimadora de la convivencia humana. Al igual que en el primer texto sobre Arendt (Valenzuela, 2012) la autora nos declara que su intención no es más que introducirnos en el pensamiento de la filósofa. Para cumplir con este objetivo, la redacción se construye por temas, pero ninguno desconectado del otro. Curiosamente, es una reflexión que articulada descriptivamente es aparentemente reiterativa, pero que luego de avanzar en su lectura se posiciona como una propuesta de construcción filosófica epistémicamente consistente en su avance. Avance posible en un juego en espiral. Explico: a mi entender la conexión entre los ejes responde a un modo de reflexionar desde la experiencia que se constituye en centro vital del hacer filosófico. La experiencia, leeremos a lo largo de texto, es un ejercicio de reiteración que, necesariamente, se establece en el discurso como recurso de salida y entrada filosófica. De hecho, sin la experiencia la filosofía termina siendo un vacío, un modo del descompromiso que se asila lejos de lo ambital, en un edificio conceptual que poco aporta a lo central que es la cuestión política. ¿Por qué la experiencia se considera la base desde la cual pensar la realidad a fin de no caer en la injusticia estructural? Es una pregunta abierta que el texto de Felicitas responde en parte, ya que no concluye en una respuesta, cuestión legítima, pues no hay interés en dar una respuesta final, eso acabaría con cerrar la experiencia. Se trata, pues, de ir en busca de la posibilidad de comprender desde el pensar a fin de establecerse en la verdad de la existencia, pues se-es-para-la-vida, postulado contrario al heideggeriano de se-es-para-para-la muerte (lo cual subyace en su absoluta adscripción al nazismo que sostiene la muerte como clave de la existencia). Felicitas lo explica bien al recordar que Hannah Arendt recurre a la palabra, sin ella no hay diálogo, y sin diálogo no hay humanidad posible.
Eco, U. (1962). La obra abierta. Planeta-Agostini.
Jaspers, K. (1998). El problema de la culpa. Paidós.
Löwith, K. (1985). El sentido de la historia. Aguilar.
Ortega y Gasset, J. (1958). Meditaciones del Quijote. Revista de Occiden- te.
Valenzuela, F. (2012). Hannah Arendt: Amor. Mundi. Narrar-compren- der-juzgar. Ediciones Escaparate.
Valenzuela, F. (2018). Hannah Arendt: el pensar y la acción. La banalidad del mal. Ediciones Escaparate.