País de poetas, país de pájaros
DOI:
https://doi.org/10.29393/AT533-16PPNB10016Resumen
Puede que no sea el hotel más cómodo de Santiago pero no lo cambiaría por ninguno. Desde 1968 existe el Hotel Foresta y ahí está, frente al Cerro Santa Lucía, el “Chelsea Hotel de Santiago” como lo llamó alguna vez el librero y expoeta Sergio Parra, con su personalidad sesentera o setentera intacta, uno de los grandes bares de la ciudad a sus pies, un comedor con vistas inigualables en la séptima planta y un pequeño estudio en cada habitación. Llegué de noche al Foresta y me despertaron temprano, no sé muy bien con qué orden de influencia, el jetlag, el ruido de los autos, o el canto para mí inconfundiblemente chileno del chincol. No hace falta que abra los ojos; oigo ese canto y sé que estoy de vuelta y sé, además, que el chincol que estoy oyendo es de Santiago. Porque el chincol tiene subespecies y mientras el de la zona central (Zonotrichia capensis chilensis) entona el ya sabido “Han visto a mi tío Agustín” (Valle, 1995, p. 11), mi oído deficiente escucha en el de Punta Arenas (Z. c. australis) “Han visto a mi ti-ti-tí”, y en los chingolos de Buenos Aires (Z. c. hypoleuca) “Han visto a prrrrrrrrrr”.
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